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Nuestro país presenta una sólida experiencia en la regulación de los cultivos transgénicos. Remontándose la creación del sistema a tal efecto en 1991; los antecedentes y adecuado funcionamiento de todos los mecanismos que lo componen, constituyen la garantía de seguridad y control que un paradigma de tal magnitud exige. En el recorrido que registran los cultivos transgénicos en el mundo, Argentina ocupa un destacado lugar cumpliendo los 20 años de presencia efectiva en el mercado. Cabe consignar que el primer evento biotecnológico fue la soja resistente a glifosato denominada RR, el que se implantó como primicia la campaña 1996/1997. Desde el primer momento los productores adoptaron la nueva tecnología, al punto que a los 4 años de su aparición, la soja genéticamente modificada ocupó el 98% de la superficie sembrada con dicha oleaginosa. Las soluciones aportadas en el control de malezas, acompañadas por la mejora substancial en el precio internacional de los comódities agrícolas a partir del 2002, resultaron determinantes para que la citada leguminosa se consolidara por lejos como el cultivo líder, hasta implantarse en casi 25.000.000 de hectáreas en 2015. En nuestro país se siembra también con muy buen suceso maíces transgénicos BP, resistentes a lepidópteros y RR a glifosato, como así también con genes apilados. Desde 2010 el algodón se ha incorporado a los OGM que se siembran en Argentina, mediante el evento BGRR (MON 531xMON1441, resistentes a insectos y a herbicidas y sus productos derivados. En Argentina están incursionando en distintas fases de la biotecnología agrícola y diferentes cultivos transgénicos, diversas instituciones públicas, tales como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria “INTA”, diferentes Universidades nacionales, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas “CONICET” y la Estación Experimental Obispo Colombres de Tucumán. También lo están desarrollando emprendimientos mixtos y empresas nacionales; tales como el Instituto de Agrobiotecnología Rosario (Bioceres + Conicet) Tecnoplant (Grupo Sidus) y Chacra Experimental Agrícola de Santa Rosa (emprendimiento del Centro Azucarero Regional del Norte Argentino). Trascendental es destacar las investigaciones que en la materia están realizando científicos y organizaciones nacionales. La importancia alcanzada hasta el presente y, fundamentalmente el potencial que proyecta este conjunto de técnicas mediante la utilización de células vivas, cultivo de tejidos o moléculas derivadas de un organismo, posibilitan modificar un cultivo u obtener uno nuevo. Los proyectos en consideración y los avances logrados, dan cuenta que Argentina forma parte del selecto grupo de países biotecnológicos, así lo evidencian descubrimientos y el reconocimiento de la FAO, otorgando en 2014 a la Comisión Nacional de Asesoramiento en Biotecnología Agropecuaria “CONABIA” como “Centro de Referencia” para la Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados “OGN”. De esta manera los emprendimientos antes referidos, se suman a los diversos proyectos que están desarrollando en nuestro país la grandes empresas multinacionales: Monsanto, Syngenta, Dow Agrosciences, Bayer, BASF y Pioneer. Corresponde mencionar que las modificaciones biotecnológicas en ocasiones pueden ser obra de una compañía, pero con frecuencia son consecuencia de del trabajo mancomunado de dos o más empresas, como así también de la colaboración pública y privada. Pese a las acérrimas campañas detractoras libradas por fundamentalistas (de la que se hicieron eco personas de buena voluntad desinformadas y/o resistentes al cambio) contra los cultivos transgénicos y, los productos elaborados con inclusión de estos, no existe prueba científica alguna que constituya un riesgo para la salud ni el medio ambiente. Por el contrario, múltiples son los estudios de organismos internacionales de gran predicamento e idoneidad, como así calificados expertos que aseveran de manera concluyente: los productos de la biotecnología agrícola son tan seguros como sus contrapartes convencionales. Al respecto, resulta insoslayable destacar que tanto los OGM, como así también sus productos, son los más evaluados en los anales de la agricultura y de los alimentos; correspondiendo ratificar, que en todo ese lapso, no se ha reportado daño alguno debido a su uso o consumo. En contraparte a las objeciones planteadas, los beneficios supuestos a su lanzamiento superaron las expectativas. En razón de ello, los agricultores de los países donde se autorizaron su siembra, tras probarlos y apreciar sus resultados los adoptaron masivamente. El provecho obtenido es manifiesto desde el aspecto agronómico, económico, la salud y el ambiente. Merced a los transgénicos el uso de agroquímicos por hectárea sembrada se ha disminuido; en el caso de los herbicidas se ha bajado la carga tóxica al reemplazar los anteriores por principios activos menos agresivos y, mermar la cantidad de aplicaciones como consecuencia del amplio espectro de control del glifosato. En el rubro insecticidas los volúmenes por superficie han disminuido significativamente; todo ello potenciado por la simultánea implementación de prácticas conservacionistas que tanto compatibilizan con los OGM, al evitar la erosión del suelo y optimizar el uso del agua, acotando el uso de combustibles y por ende, la emisión de gases de efecto invernadero. Desde la óptica productiva la ganancia es elocuente, se incrementó notoriamente la producción agrícola, como consecuencia de mejores rendimientos más que por mayor superficie; lo que a la postre posibilita una utilización más adecuada del suelo y el agua. Además de simplificar la tarea del productor, le redujo los costos de producción, lo que significó una mayor rentabilidad, a la vez de evitar un mayor precio de los alimentos al consumidor, que habrían tenido lugar en un ciclo de superior demanda, como acontece desde principio del milenio, generando por la propia inercia una dinamización de la espiral alcista. Para Argentina, y en mayor medida para los demás socios del Mercosur y otros países productores de grano, el plus de producción y la mejora real de los valores del intercambio, la utilización generalizada de estos cultivos transgénicos operaron favorablemente en las respectivas economías y por añadidura de los saldos de sus balanzas comerciales. Otro aspecto digno de destacar es que las derivaciones concomitantes no han discriminado a ningún segmento de agricultor. Ejemplificando, en nuestro país el empleo de soja, maíz y algodón modificado genéticamente, está generalizado tanto en productores grandes, como en medianos y chicos, fenómeno que se repite en los vecinos de la región. Justo es recalcar que Argentina es precursora en materia de OGM, no sólo es pionera en cuanto a su adopción (al año siguiente de hacerse sembrado por primera vez en EE.UU),también lo es en cuanto a ordenación y desarrollo de eventos biotecnológicos. Por dos décadas se mantiene en el podio del ranking de los países con mayor superficie cultivada del mundo, detrás de EE.UU. y Brasil. Nuestro país presenta una sólida experiencia en la regulación de los cultivos transgénicos. Remontándose la creación del sistema a tal efecto en 1991; los antecedentes y adecuado funcionamiento de todos los mecanismos que lo componen, constituyen la garantía de seguridad y control que un paradigma de tal magnitud exige. Para sintetizar, cabe agregar que lo implementado dentro de nuestras fronteras, es un estándar a imitar para muchos países del mundo. Y como corolario, poder exhibir los pergaminos que nos distinguen por contar desde el año pasado con dos cultivos transgénicos 100% concebidos en Argentina; siendo oportuno recordar que ya tienen uso comercial una soja resistente a sequía y una papa resistente a virus.


(Fuente Pregón Agropecuario) ADNbaires

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