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Natalia Reynoso

Nació en Médanos, sur entrerriano, un 27 de julio de 1900. Fue domadora de caballos, emprendedora y madre de 5 hijos. Asegura que nunca estuvo enferma y que llegó a esta edad porque vive tranquila.

Dicen que es la mujer más anciana de la Argentina. La abuela de todos. Y debe ser, nomás, porque la mujer nombrada como la más vieja del mundo es una italiana que tiene apenas 8 meses más que ella. Cuenta que quiere llegar a los 120 años “porque mi madre llegó a esa edad”. Se llama Natalia Reynoso y nació en Médanos, sur entrerriano, un 27 de julio de 1900. Chiquita hoy, pasita, suave, sin fuerzas para caminar (se queda sentada y disfruta de mimos y cuidados), fue sin embargo una mujer fuerte, domadora de caballos, emprendedora, madre de 5 hijos que le dieron nietos y más familia, tantos, que ya no lleva la cuenta. “Yo domaba tropillas”, dice, y el título le sienta bien a una mujer que ha domado la vida a pulso y resistencia.
Cuando nació, Guillermo Marconi acababa de probar un año antes sus transmisiones de radio a través del Canal de la Mancha. Cuando la Patria cumplió cien años, ella ya tenía 10. Y cuando el mundo desataba el horror de la Primera Guerra Mundial, ella andaba por sus 14 de aquí para allá, haciendo los quehaceres del campo. “Criada y nacida en Médanos, m’hija –recuerda-. Nunca viajé, siempre vivía colocada e iba con mis patrones…” Peona, como se define a sí misma; “colocada”: empleada. Y fue muy poco a la escuela, aunque “la patrona me enseñaba a leer y escribir”. Recién la enrolaron después de cumplir 40, para la época del primer voto. “Y voté bien”, solía decir antes con picardía.
Mira con ojitos buenos. Habla deshilvanado. Las orejas le asoman en su cabeza blanca y tiene rostro de mapa humano, coordenadas curvas y hondas que el tiempo trazó a pura arruga. Su gran amor fue Juan Morales, trabajador en el mismo campo que ella. Tuvieron un noviazgo “formal, como antes”. Se casaron en Médanos y vivieron sin sobresaltos pero también sin lujos. “Cuando éramos chicos, todos compartían –contó a Clarín tiempo atrás una de sus hijas-. El abuelo cazó patos hasta el final; yo le ensillaba el caballo, lo subía y él se iba al monte a cazar. Luego, juntos, los desplumábamos y vendíamos. Y hacíamos leña de tártago, que es medicinal, así que servía para mucho”.
Natalia no recuerda nada de eso. Muchas cosas pasaron al olvido en su cabeza. Pero otras están vivas, como la música de la radio, que sigue sonándole en algún recodo, y los bailes con acordeón. “¡Era lindo! En la casa del patrón. Yo miraba; siempre me mandaban a buscar algo… Me decían ‘bailá, Natalia’, pero no quise aprender”, nos dijo cuando cumplió 110 años. Hoy, ya habla menos que entonces.
Recuerda los asados (aunque adora los tallarines caseros con tuco), las tardes de carneada, las idas a misa, los domingos con visitas que traían noticias de casa en casa, en el campo. “Charlábamos todos, tomábamos mate”, memora, y suele mechar un “¡eco, eco!”, al modo tan bonito de los abuelos tanos. Y tiene frescas las domas. “El que me enseñaba me decía: ‘si tenés miedo, ni te subas, porque no vas a poder. Yo le decía que me daba miedo que me pisara el caballo. Pero me subí, nomás. No vaya a creer que era fácil”.
Hoy, vive en Gualeguaychú y la cuidan dos de sus hijos. El miércoles pasado, la conducción del Pami local le festejó los 116 con una fiesta en el Club de los Abuelos de su ciudad. Le cantaron el “feliz cumpleaños” sus familiares y vinieron algunas autoridades, como el senador nacional Alfredo De Angeli (gualeguaychuense y gente de campo, como ella) y Juan Amaya, coordinador del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación en Entre Ríos. Le pusieron corona de reina y partieron una enorme torta bañada de blanco.
Ella disfrutó todo. Habló de sus épocas de domadora de tropillas y de los lechones que carneaba cada cumpleaños su padre, que vivió hasta los 102 años. Fue aplaudida. Fue abrazada. Es feliz.
Y su código de vida no es ningún secreto: asegura que nunca estuvo enferma y que llegó a esta edad porque vive tranquila. “No tengo a nadie que me caliente la cabeza”.


clarin.com

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