AVISO (900x113)

Presentamos a continuación, el comienzo de la investigación. La misma puede leerse gratuitamente  aqui

Mediodía de primavera en la profunda carretera; 350 kilómetros al sur de Buenos Aires. Un enorme Cristo, bañado por el sol incandescente, me señala con su mano izquierda el camino de acceso al pueblo. Ancho, asfaltado y custodiado a cada lado por altos eucaliptos, me conduce hasta unas viejas vías del ferrocarril. Aquí y allá algunas casas me miran pasar detrás de sus tupidos jardines.  Atrae mi atención una muy antigua, construida con techo a dos aguas; debe ser de comienzos de siglo. Luce muy cuidada, casi inmaculada.
Acabo de caer en la cuenta de que en más de 1000 metros no he encontrado a un solo peatón. Las calles están vacías. Así es el interior de la provincia a estas horas. Cruzo las vías y veo un ciclista. Lo observo pedalear, despreocupado, al ritmo cansino del mediodía: señales de vida.
Un polvoriento camino de tierra me aleja nuevamente del poblado. Ya no hay casas, sólo interminables campos cercados con alambre. Mi automóvil eleva a su paso una nube espesa, movediza y lechosa. Una masa de tierra seca y blanquecina, que no concuerda con la quietud infinita y el verde recóndito del campo abierto.
Una formidable ave negra reposa justo en medio de la huella. Solo atina a moverse cuando me hallo muy cerca de ella. Se posa con desgano en un árbol que crece torcido a la vera del camino y me mira fijamente, como vigilando mi extraña presencia. Es un halcón, con su pico curvo y su porte inconfundible, elegante.
A unos doscientos metros desde donde estoy detenido, contemplando a tan hermosa ave, se extiende un monte de tupidos árboles. Las crestas redondeadas se mueven acompasadas por la brisa. Justo en el centro, entre las copas más frondosas, se abre un claro y veo surgir una mancha grisácea. Lo reconozco de inmediato. Es el viejo casco de la estancia “La Elvira”, o “La Otilia”, tal como la bautizara desde 1943 el SD (Servicio secreto alemán de las SS). Finalmente he llagado. (...)

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