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Esta historia y muchas otras más, se podrán conocer hoy en la inauguración de la muestra “Patrimonio de Tuyú” de Martas Costas. A partir de las 19 horas en la Casa de la Cultura.

En el marco de la muestra que inaugura hoy sobre barcos hundidos de la región y estancias de la zona, te acercamos y adelantamos algunas historias. En esta oportunidad “El último barco de Mar de Ajó”: 
28 de julio de 1987. Hace frío y faltan unas horas para el amanecer. Don Francisco Carnevale viene de lejos siguiendo una huella de caracoles, pero cuando sus pies tocan la espuma del mar se detiene de inmediato. Un puñado de recuerdos hace que decida quedarse allí, esperando un barco.
Francisco es un hombre complejo, de estructura corporal mediana, un poco encorvado y con las arrugas de muchos años en la piel. Viste un saco de lana fino y gris y un pantalón de gabardina. Una boina oscura no acaba de quedarse en la cabeza: pasa de una mano a otra, es estrujada, puesta en el bolsillo trasero, luego en una tela gruesa enrollada a la cintura y de vuelta a la cabeza. Trae además, aunque nadie lo note, un bolsito con menudencias que demuestran que ha vivido.
Clareaba y el horizonte naranja aparecía por detrás del mar oscuro cuando un pescador mañanero lo vio.
–Es temprano. ¿Cuánto hace que espera?
–Espero un barco.
Poco a poco el mar, los médanos, la playa y los edificios empezaron a verse. El frío de la madrugada cedió al frío de la mañana y después al del mediodía.
Con la luz aparecieron los primeros caminantes y muchos, después de breves charlas, quisieron convencer a don Francisco de que ya no pasaban barcos como los que él esperaba. Salvo gomones de pesca, alguna que otra barcaza amarilla o pesqueros de altura, no se ven por aquí otros barcos, argumentaban los vecinos.
Don Francisco Carnevale firme, con la vista fija en el horizonte y el bolsito de despojos a los pies, como un guardia del tiempo, siguió esperando su barco. Pronto llegó la noche y luego las noches siguientes. Los vecinos se habían hecho amigos y a la vez que insistían con que por allí no pasaban barcos, dejaban tartas, salamines, queso y vino. Muchos le aconsejaron que se vaya en micro, en avión o en barcos tomados en otros puertos. Él agradeció la comida con sonrisa cálida y un apretón de manos.
La tentación de volver a cambiase la ropa era grande, sobre todo después de las lluvias; pero siempre ganó la esperanza.
Una madrugada anterior a la primavera, una luz fuerte en el horizonte lo estremeció. Listo para partir, se agachó y apretó con fuerza, con desmedida fuerza, las manijas del bolsito. La luz se acercó un poco más, él sintió que su corazón dejaría de latir, pero después la luz giró y desapareció más allá de lo que alcanza la vista. Las manos de Francisco se abrieron.
Pocos fueron testigos de lo que pasó dos o tres noches después. Un resplandor mortecino se acercó desde el este en línea recta hacia don Francisco, campanadas espectrales y crujir de hierros lo despertaron. Los que lo cuidaban desde lejos aseguraban que era el barco hundido Margaretha el que flotaba dos metros encima de las olas. Algunos contaron también que el casco cubrió el cielo y que la temperatura bajó varios grados.
De pronto, un grumete fantasmagórico apareció desde la popa y tendió hasta los pies de Francisco una planchada de nácar, blanca y brillante. Francisco miró al marinero durante larguísimos minutos, luego hizo un gesto con la mano a modo de saludo y con parsimonia dio la espalda al Margaretha. El viejo desapareció tras las dunas, con dirección al centro de Mar de Ajó y desde entonces nadie lo ha vuelto a ver en esa playa.

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