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31-07-18 El lunes 31 de julio de 1978, el incendio más grande que se haya registrado en la historia local arrasó en pocas horas la casa central de Tienda Los Gallegos en pleno centro de la ciudad. El hecho -que milagrosamente no arrojó víctimas fatales- quedó grabado en la memoria de los marplatenses.

Aún se respiraba la euforia del Mundial 78 que Argentina había ganado 36 días antes. De hecho, la tienda seguía exhibiendo en su extenso perímetro las banderas de los 16 países participantes y la palabra “bienvenidos” escrita en diversos idiomas.
Al momento de arder, “Los Gallegos” acumulaba una historia de casi 66 años desde aquel 8 de octubre de 1912 cuando nació como “baratillo” en un local de Diagonal Pueyrredon y Belgrano.
El arroyo Las Chacras, tan proclive a los desbordes, corría por allí a cielo abierto y en el apacible pueblo de apenas 30 mil habitantes, el acento de los criollos competía en asombrosa paridad con el de los inmigrantes. Dos de ellos, los españoles José Navarro y Rafael Sánchez, montaron aquel “baratillo” y emplearon a varios paisanos. No es necesario aclarar, entonces, la génesis de ese nombre comercial que se fusionó con la identidad de Mar del Plata. Ciudad que, por otra parte, tiene una misteriosa ligazón ancestral con el fuego que se llevó la Rambla Pellegrini (1905), la Rambla La Perla (1934), el teatro Odeón (1955), el Club Mar del Plata (1961), Casa Tía (1966) y el Cine Nogaró (1968). Nadie duda, sin embargo, que el incendio de “Los Gallegos” fue el más importante.

El origen de las llamas

Hoy, cuando esté por dar la hora 16, se cumplirán 40 años del inicio de las llamas en la sección tapicería, que funcionaba en el primer piso. ¿Un cortocircuito en la caja registradora? ¿Un calefactor en mal estado? Las dos versiones circularon a la par.
Desde su fundación, “Los Gallegos” había crecido casi 50 veces. Los 205 metros cuadrados originales del “baratillo” mutaron en 12 mil metros cuadrados cubiertos que ocupaban gran parte de la manzana delimitada por Belgrano, La Rioja, su vértice con la Diagonal Pueyrredon, Rivadavia y Catamarca. En algunos sectores sumó varias plantas donde funcionaban depósitos, oficinas administrativas y hasta el Viceconsulado de España, dirigido por el presidente de la empresa, Martín Navarro.

Viaje sin valijas

La orgullosa publicidad de la firma (“Viaje a Mar del Plata sin valijas, Los Gallegos tiene de todo”) adquirió aquella tarde una connotación dramática porque la amplitud del centro comercial y la infinidad de mercadería resultaron proporcionales a la arrasadora expansión del incendio.
Debe recordarse que a la acostumbrada venta de indumentarias, calzado y telas se sumaban otras secciones como artículos de pesca, juguetería, librería, deportes perfumería, cristalería, tapicería, valijas, regalos y lencería, distribuidas en el subsuelo, planta baja y primer piso, al que se accedía por una escalera mecánica (asombrosa en esos tiempos) donde además funcionaba una confitería.
El fuego resultó imparable y las 17.55 provocó el derrumbe de la esquina de Catamarca y Belgrano. Dos minutos después colapsó todo el frente en la primera de esas calles y poco más tarde cedió gran parte del edificio en Diagonal Pueyrredon y Belgrano, en medio de explosiones y del atronador ruido por la caída de los techos. Las llamas calcinando prendas y maniquíes en las vidrieras, el humo que se hizo visible desde los más lejanos puntos de la ciudad y una multitud observando la destrucción total de la tienda pese a los esfuerzos de los bomberos son escenas que quedaron registradas en la memoria de miles de marplatenses.

El desastre y el milagro

Jamás se sabrá cuántas personas estaban en la tienda al iniciarse el incendio. Las crónicas de la época se refieren a 700 empleados y a cientos de clientes que huyeron en desbande mientras las primeras columnas de humo anunciaban el desastre. En medio de ese caos, una mujer que escapaba resultó gravemente herida al ser arrollada por un automóvil.
Tampoco sabremos qué tipo de milagro operó para que el mayor incendio de nuestra historia no causara víctimas fatales. Tan increíble resultó ese desenlace, que se especuló largamente con la posibilidad, luego descartada, de que hubiera personas carbonizadas entre los escombros, que comenzaron a ser removidos días después, cuando dejaron de arder.
Las fotografías perpetúan lo que pudo haber sido y afortunadamente no fue. Algunas nos muestran a un grupo de hombres arrancando a golpes las rejas del primer piso para posibilitar la salida de una decena de personas aprisionadas. De los improvisados rescatistas sólo quedó registrado un nombre, el del conductor televisivo y publicista Jorge Zanier, quien tenía sus oficinas a pocos metros. Esa misma tarde relató a LA CAPITAL: “No podré borrar por mucho tiempo la imagen de esa gente con rasguños y sangre en la cara y manos por la rotura de los vidrios, con los rostros sofocados y los ojos rojos por el humo”.

Relatos del drama

La crónica de aquella jornada recoge testimonios estremecedores, como el de una mujer que escapó de la tienda junto a cuatro niñas: “Corrimos por la Diagonal Pueyrredon. Las nenas lloraban. Por las ventanas de arriba aparecieron muchas manitos de chicos que estaban en la confitería. Gritaban, pedían socorro, se agarraban de las rejas. De una obra que hay en La Rioja entre Moreno y Belgrano, un albañil viejito, de gorra blanca, salió corriendo, subió una escalera y empezó a romper la pared para sacar las rejas. No vi más. Llegué a mi departamento y me puse a llorar”.
Se le suma a ese relato el de una empleada que lloraba en la acera de la tienda incendiada: “El fuego avanzaba hacia donde estábamos con mis compañeras y entonces corrimos hacia el ascensor, pero se cortó la luz y quedamos en el entrepiso. Golpeamos, gritamos, pero nadie vino a ayudarnos. Cuando vimos que nos íbamos a quemar ahí, en medio de la desesperación se nos ocurrió salir por el techo. Abrimos una especie de tapa y de a una fuimos trepando. Después no sé lo que pasó…”.
Pero ni los testimonios, ni los datos, ni las reseñas permitirán reconstruir con fidelidad lo que significó aquel incendio para los marplatenses, que presenciaron la destrucción de un símbolo hondamente enraizado en su memoria afectiva. Muchos creyeron que esa pérdida era definitiva, pero una historia de resurgimiento, fe y esfuerzo logró torcer una impronta que el fuego intentó borrar en vano hace 40 años.


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