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Pinamar (por Sergio Michnowicz).- Allá por el año ’89 me acerqué tímidamente a la redacción del semanario del pueblo, ubicado en Belgrano y Urrutia. Llevaba conmigo una carpetita con notas de opinión, de actualidad, pareceres, puntos de vista de distintos temas de actualidad. ¿Me publicarán estas notas? pensaba en mis adentros.
Abrí la puerta grande y alta, desgastada por el tiempo. Y la magia de la imprenta me dio la bienvenida.
¿Qué desea? me preguntó Andrioletti, mientras martillaba paciente en un cuadrado de madera, a modo de página tamaño sábana, cada una de las frases en plomo recién salidas de la linotipo.
“Tengo algunas notas que quisiera que las vieran, son opiniones para publicar” le respondí. Más al fondo, Chichilo escuchó y me llamó. “Vení, acércate y contame de qué se trata” me interrogó.
Chichilo no era otro que Raúl Zalguizuri, el director del semanario Tribuna.
Le conté que dos veces al mes andaba por la costa. En ese tiempo trabajaba con mi padre en el reparto de repuestos de autos y aprovechaba para conocer el mundo de la gráfica en los pueblos. Y de paso dejarles algunas colaboraciones.
“Bueno, déjamelo” me dijo Chichilo. “Pero tienen que ser temas que le importen a la región. Así que lo voy a leer.”
De fondo se escuchaba un sonido a motor, pero que no era común. Al girar la vista hacia la vitrina de la calle, sobre Urrutia, el hombre estaba sentadito frente a una linotipo. Nunca había visto una funcionar. Creí que esas máquinas ya estaban más para el museo ante el avance de las “tecnologías de punta” de entonces como el offset.
Pero él estaba ahí, en silencio, concentrado al leer las notas que le acercaba Andrioletti y escribiendo en una suerte de máquina de escribir con varios tableros de letras. Mayúsculas, minúsculas, signos de puntuación, todo muy distinto al manejo de una Olivetti o Remington. Y a cada palabra, ese dinosaurio de metal se movía de tal forma que iba formando una frase invertida impresa en plomo que se acomodaba a un costado, mientras que el plomo sobrante volvía a ser derretido y reciclado para otra palabra.
Había que ser un mago para entender su funcionamiento. Y él lo era.
Como todo mago, sabía todos los secretos de esa linotipo de principios de siglo XX. Cuando se empacaba, tenía la solución para convencerla con unos mimos y siguiera. Aceite por acá, ajuste por allá, limpieza a fondo para que el trabajo no se detuviera.
Pero él estaba ahí. Uno lo veía incluso desde afuera, cuando pasaba por la vereda de la calle Urrutia. Cada tanto alzaba la vista y veía quien bajaba en la Terminal de Madariaga, de un Montemar o un micro de larga distancia. Y seguía.
Y en el descanso, aprovechaba para tomarse unos mates con los visitantes. Como era mi caso.
Un tipo sencillo era Hugo.
¿Dije Hugo? Recordé su nombre. Hugo Fleming. El responsable de quien, a través de su linotipo, sellara más de una vez mi nombre en aquel semanario Tribuna.
El lunes pasado nos dejó a los 79 años. Una pena enorme, porque además fue un valioso vecino de Madariaga que se desempeñó en distintas instituciones. Entre ellas su amado club El León y la biblioteca.
Abrazo inmenso Hugo. Quizás el barba te quería allá arriba para que le organices un periódico para los querubines. Y letra no te va a faltar…

31/07/2019

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