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Comenzó a los 7 años. Recorrió las playas de Pinamar y Villa Gesell. La llegada del diario Crítica le dio su apodo. Aún reparte diarios en su moto cada mañana.

En el día del canillita hubo reconocimientos a tres que ejecutan esta noble tarea en nuestra ciudad en el Salón de Usos Múltiples del Municipio. Pero uno de ellos, Alberio Coronel, se llevó una buena parte de las miradas por continuar con su trabajo a pesar de tener 82 años.

Al rememorar su historia, recordó que el barrio Belgrano se llamaba “Las Tunas” cuando su papá decidió instalarse en ese lugar. Eran las primeras casas y llegaron siendo una familia de 3 hermanos y terminaron siendo 13. Su padre trabajaba como nutriero en el campo y era habitual que se ausentase por varios días.

La primera oportunidad en esta actividad que aún ocupa sus días le llegó cuando tenía 7 años y un primo, que había cumplido 18 y debía irse a hacer “la colimba”, le expresó su deseo al pequeño Alberio para que continuase con el reparto de las ediciones matutinas. Así fue que lo llevó a la casa del distribuidor y lo presentó como su “sucesor”.

Sólo llegaban dos publicaciones: La Nación y La Prensa por lo que las ganancias eran mínimas. Sólo había tres suscriptores: Melón Gil, Farmacia Ricci y Cerfoglio y directamente el pueblo terminaba en Alberti y Avellaneda.

Por eso, cada mañana, esos tres clientes eran los que recibían primero la edición papel y luego comenzaba el derrotero de recorrer las calles para captar ocasionales clientes. Los bares o almacenes de ramos generales eran los puntos en donde se concentraba la gente y por eso se transformaron en paradas obligadas.


Con el paso de los meses llegó “La Crítica”. El tono sensacionalista de la tapa fue lo que inspiró a este joven a comenzar a “vocear” con más ahínco. “Con eso levanté mucho la venta”, reconoce al día de hoy.

La muerte de Catalino Domínguez en la zona de Rauch en manos de policías de Madariaga fue un hito histórico. Ocurrió en 1948 en el campo “La Espadaña” y el tiroteo comenzó porque el delincuente, de gran renombre para la época, salió a balazos para no entregarse. Lo buscaban por el robo de un recado de una chacra de la familia Jaureguiberry.

Cuando la noticia llegó a la tapa de Crítica, Alberio se paró en la esquina de Casa Gómez y vendió 50 diarios en menos de una mañana.

Después se sumaron otras publicaciones como la Revista Para Ti, Mundo Deportivo y la revista de chistes Gallo Rojo. Más tarde llegaría El Gráfico.

En esa época la ganancia servía para pasar por la panadería Vieytes y llevar algo de galleta a casa y también productos sueltos en lo de Abineme. Como el joven canillita era conocido muchos optaban por donarle alimentos o dárselos a pagar.


La distribución en la costa

Alberio decidió ir a Pinamar a recorrer la playa. La distribución allí la tenía Böhm por lo que, al principio, eran ingresos a la costa sin pedir permiso hasta que la policía lo detectó y el comisario le recomendó hablar con el distribuidor quien rápidamente le facilitó sus ejemplares para la venta playera.

El viaje a Pinamar lo hacía en un auto que llevaba a caddies a la zona del Golf Club. “Me caminaba toda la playa, hasta Ostende y volvía”, asegura.

Pero la diferencia económica llegaría cuando lo llevaron a Villa Gesell. Allí comenzó su despegue. “Tenía una bicicleta de reparto y todo era monte y arena. Era imposible recorrer la playa en ella por lo que debía llevarla a tiro”, explica.

Siempre ligado a la ciudad, se casó cuando compró su terreno y tenía su casa casi terminaba. Era pequeña, en la zona de la Feria, pero sirvió para que su suegra lo autorice a contraer enlace con “Mimí” con quién construyó su familia.

Hoy sigue con su moto ligado a la venta de la noticias lo que demuestra que su pasión aún sigue intacta.

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